La mañana del 22 de enero, Michoacán despertó con una noticia que muchos esperábamos desde hace años: la captura de César Alejandro Sepúlveda Arellano, alias "El Botox", líder de Los Blancos de Troya y uno de los principales extorsionadores del sector citrícola en Tierra Caliente. Esta detención representa el primer golpe significativo del Plan Michoacán por la Paz y la Justicia desde el cobarde magnicidio de Carlos Manzo Rodríguez, alcalde de Uruapan, asesinado el 1 de noviembre de 2025 mientras convivía con familias en el Festival de las Velas.
Este operativo muestra que cuando hay voluntad política, coordinación institucional e inteligencia efectiva, se pueden obtener resultados. Pero, una golondrina no hace verano y la captura de "El Botox", por importante que sea, es apenas el primer capítulo de una historia. Michoacán no se curará con la detención de un solo criminal. La radiografía del crimen organizado en nuestra entidad es devastadora: Al menos 17 cárteles operan en los 113 municipios de Michoacán. En Apatzingán, el epicentro de la violencia citrícola, conviven simultáneamente hasta 8 organizaciones criminales disputándose el territorio. Cada una de estas organizaciones tiene estructuras de mando, células operativas, redes de extorsión y capacidad de fuego.
Estos criminales han convertido a Michoacán en un laboratorio de violencia, extorsionando aguacateros, limoneros, empresarios y ciudadanos comunes. Han asesinado alcaldes, líderes sociales y cualquier voz que se atreva a denunciarlos. ¿Cuántas muertes más necesitamos para que la estrategia se intensifique? ¿Cuántos bloqueos carreteros más? ¿Cuántas familias desplazadas? ¿Cuántos negocios quebrados por la extorsión antes de que actuemos con la contundencia que el problema exige?
Pero hay una verdad aún más incómoda: el crimen organizado en Michoacán no ha prosperado solo por la capacidad armada de los cárteles. Ha prosperado porque durante décadas encontró complicidad, protección y colusión en estructuras políticas de todos los niveles y de todos los partidos.
¿Cuántos funcionarios siguen filtrando información a los cárteles en este momento? ¿Cuántos alcaldes, directores de seguridad o policías municipales están en la nómina del crimen organizado ahora mismo, mientras leemos estas líneas? ¿Cuántas licitaciones han sido direccionados por presiones criminales? ¿Cuántas candidaturas en las próximas elecciones serán financiadas con dinero del narco?
Exijamos operativos sostenidos, permanentes e implacables para capturar a los grandes capos que siguen sembrando terror. Que se creen protocolos de protección efectivos. Carlos Manzo pedía ayuda, enviaba oficios, tocaba puertas, y aun así fue asesinado. No podemos permitir que eso vuelva a suceder.
A las instituciones de procuración de justicia les demando que se investiguen a fondo todos los casos de colusión política con el crimen organizado, sin importar colores partidistas, apellidos ni cuánto poder o influencia tenga el investigado. Que se aplique todo el peso de la ley contra funcionarios que traicionen su juramento. Que se fortalezcan las unidades de inteligencia financiera para rastrear el dinero del narco en las campañas políticas, en las cuentas bancarias, en las propiedades y en los negocios fachada. El dinero deja rastro: hay que seguirlo.
La detención de "El Botox" es una victoria, sí. Pero será una victoria pírrica, vacía, temporal si no viene acompañada de acciones más profundas y estructurales. Michoacán no necesita golpes mediáticos para las conferencias mañaneras. Michoacán no necesita operativos espectaculares que se olvidan a la semana siguiente. Michoacán necesita una transformación real, sostenida, profunda en materia de seguridad, justicia y ética política. El tiempo de los narcopolíticos debe terminar. El tiempo de la paz verdadera debe comenzar.
Y esa paz solo llegará cuando capturemos a todos los capos, no solo a los que conviene mediáticamente. Cuando limpiemos nuestras instituciones de la corrupción que las carcome desde dentro. Cuando construyamos un Michoacán donde ningún niño tenga que crecer entre balaceras y ningún padre tema por la vida de sus hijos al salir a trabajar. Cuando podamos celebrar nuestras fiestas patronales sin miedo, cuando podamos recorrer nuestras carreteras sin temor a topar con retenes ilegales, cuando podamos hacer negocios sin pagar extorsión.
La captura de "El Botox" es un paso en el camino correcto. Pero es solo eso: un paso. Ahora debemos caminar todo el camino que falta, por largo y difícil que sea. Michoacán lo exige. Las víctimas lo merecen. Nuestros hijos lo necesitan. Y la historia, esa jueza implacable que todo lo registra, nos juzgará no por nuestras palabras sino por nuestros actos, no por nuestras intenciones sino por nuestros resultados.
¡México y Michoacán merecen una Revolución institucional y Social!
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*El autor es abogado, activista social, defensor de derechos humanos de víctimas, diputado local y presidente del PRI en Michoacán
BCT