

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- A menos de seis meses para el silbatazo inicial de la Copa del Mundo 2026, el futbol vuelve a enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿puede la política alterar el mayor espectáculo deportivo del planeta?
La reciente escalada de tensiones de Estados Unidos a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro ha encendido la especulación entre aficionados y analistas internacionales.
Hasta ahora, el máximo organismo del futbol mundial no ha emitido ningún pronunciamiento oficial. Sin embargo, el silencio no ha evitado que resurjan comparaciones con momentos en los que la FIFA optó por intervenir de forma contundente, excluyendo a naciones enteras de sus competencias.
La historia muestra que estas decisiones han sido excepcionales y tomadas bajo contextos extremos. Alemania y Japón quedaron fuera del Mundial de 1950 tras la Segunda Guerra Mundial, cuando sus estructuras futbolísticas estaban prácticamente desmanteladas. Décadas después, Yugoslavia fue expulsada de la Eurocopa de 1992 y de las eliminatorias rumbo a Estados Unidos 1994, en medio de una guerra civil que fragmentó al país. Más recientemente, Rusia fue suspendida por FIFA y UEFA tras la invasión a Ucrania en 2022, sanción que continúa vigente de cara a 2026.
Estos antecedentes revelan un patrón: la FIFA ha actuado con cautela y solo ha impuesto vetos cuando la integridad de las competencias o la estabilidad institucional de las federaciones se ha visto gravemente comprometida.
En este contexto, la figura del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, también ha entrado en el centro del debate. Su postura, percibida por algunos sectores como ambiguamente política en casos recientes, ha generado dudas sobre si el organismo mantendrá una línea estrictamente deportiva o si asumirá un rol más activo ante escenarios internacionales complejos.
Hace apenas un mes, bajo las luces del máximo torneo del fútbol mundial, el presidente de Estados Unidos fue ovacionado y galardonado por lo que entonces se definió como “acciones de paz”. El gesto, simbólico y poderoso, parecía sellar una narrativa: la del liderazgo que apostaba por la diplomacia como vía para desactivar conflictos históricos.
RPO