Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- En medio del paso tranquilo de la Calzada San Diego, entre caminantes curiosos y tardes que invitan a bajar el ritmo, un sonido poco común se abre paso. No es guitarra ni violín, tampoco un tambor. Para muchos, a primera vista, parece un platillo volador o una cazuela metálica. Se trata de un handpan, un instrumento poco común en la ciudad, que es tocado por Santiago Ibarra Galván, músico moreliano de 21 años.
Santiago cuenta que no se considera un músico “formal”, aunque ha aprendido de manera autodidacta a tocar guitarra, ukulele, algo de teclado y, sobre todo, este instrumento metálico que se ejecuta con las manos y cuyo sonido suele asociarse con la calma y la contemplación.
El handpan es un instrumento relativamente reciente. Surgió en el año 2000, creado por una pareja de músicos suizos —inspirados en instrumentos africanos y orientales—, dando como resultado una pieza metálica de forma convexa que produce sonidos envolventes y armónicos. Santiago lo conoció navegando por internet, mientras buscaba música para relajarse, dormir o estudiar. Hace aproximadamente siete años escuchó por primera vez su sonido y quedó cautivado.
Cuando cumplió 15 años recibió su primer handpan como regalo de cumpleaños. El instrumento que utiliza actualmente es el segundo, luego de que el primero se dañara por la exposición al sol y al calor, lo que provocó que perdiera afinación.
Su aprendizaje también fue autodidacta. “El chiste está en la fuerza del golpe”, explica. No se trata de golpear fuerte ni demasiado suave, sino de hacerlo de manera rápida y precisa. Aunque el instrumento no cuenta con una escala completa, sí tiene las notas suficientes para crear atmósferas sonoras que envuelven a quien las escucha. Su sonido es común en sesiones de meditación, actividad a la que Santiago incluso se dedicó durante un tiempo, mientras algunas personas meditaban y otras simplemente se quedaban dormidas.
En Morelia no es común ver este instrumento. Santiago ha visto a lo mucho a un par de personas más que lo portan, pero casi nunca tocándolo. Por eso, cuando decidió salir por primera vez a tocar a la calle, dudó. Pensó que la gente lo miraría extraño con su “cazuela mágica”. Hizo entonces un trato personal: si le iba bien ese primer día, volvería. Así ocurrió. Le fue bien en lo económico y, sobre todo, en la convivencia con la gente.
Desde entonces regresa a la Calzada San Diego cuando la escuela y el tiempo se lo permiten. Prefiere ese espacio por su tranquilidad y porque permite que el sonido se escuche con mayor claridad. En el Centro Histórico lo intentó, pero el ruido y la prisa cotidiana dificultan que la música sea apreciada.
Santiago improvisa la mayor parte de lo que toca. Aunque en ocasiones repite una o dos piezas, generalmente deja que las manos decidan el rumbo. A pesar de que suele verse concentrado, invita a quienes sienten curiosidad a acercarse, preguntar o incluso intentar tocar el instrumento.
Así, entre notas metálicas y tardes lentas, el handpan continúa sonando en la Calzada San Diego, recordando que también en la calle hay espacio para detenerse, bajar el ritmo y escuchar.
mrh