La historia que conmocionó a Morelia: “El tamalero”

Los hechos ocurrieron en abril de 2004
 La historia que conmocionó a Morelia: “El tamalero”
CYNTHIA ARROYO

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- Ubicada en una de las calles del Centro Histórico, de esas poco transitadas, con escasos peatones y entre baja, muy baja actividad, se encuentra la vivienda que quedó marcada por una de las historias más trágicas que han acontecido en Morelia.

Los hechos ocurrieron en abril de 2004, y muchos de los propietarios que habitan la calle lo vivieron cercanamente, sin embargo al ser cuestionados no emitieron palabra alguna.

Con incomodidad fruncen el ceño, sus miradas se van hacía el suelo, y en otros casos, sus rostros quedan inexpresivos.

Del portón de la vivienda, en donde habitara Carlos Constantino, “El tamalero”, cuelga una lona que anuncia la renta de cuartos y departamentos, algunos ocupados, otros más en espera de ser habitados.

La fachada de la casa no ha sido modificada, misma que guarda en ella la historia que conmocionó a Morelia y atrajo los reflectores de todo México a la ciudad de la cantera rosa.

“Tamales de carne humana”, “tamalero asesino” fueron algunas expresiones en los titulares de las noticias que describían la historia en los periódicos y noticieros nacionales.

Y es que, Carlos, dedicado a la venta de tamales, le arrebató la vida a su amigo, José Rigoberto, luego de una riña ambientada entre una botella de Brandy Presidente, refrescos y resentimiento.

Después de asesinarlo, lo mutiló y coció la carne del difunto, sembrando el mito, o realidad, sobre que había elaborado tamales con carne humana.

Pintada de color amarillo y su herrería en blanco es como se observa desde la acera el domicilio en el que autoridades localizaron, gracias a un reporte ciudadano, los restos (cabeza, costillas y columna vertebral) del finado. La carne fue cocida y “tirada al caño”, declaró el tamalero.

Con el rostro desencajado, Amanda, reportera de un medio local, recuerda el hecho, se cubre la nariz y boca antes de comenzar a relatar aquel día.

Recuerda el largo pasillo que se debía caminar para llegar a la vivienda del tamalero y cómo conforme iba acercándose al lugar de los hechos el olor era más penetrante y fuerte.

“El aroma que se percibía saliendo de la casa ha sido tan característico que hasta ahora está grabado en mi memoria, aunque no lo quiera. No hay algo que se le parezca, era asqueroso", señaló.

Y continuó "La historia me marcó tanto que a la fecha no me atrevo a comprarle tamales a algún vendedor de los que transitan a diario por el centro de Morelia”.

El hecho parece que va rumbo al olvido de los ciudadanos, no así para quienes lo atestiguaron y hoy confirman: es la historia que pocos quieren recordar.

AC

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