

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- Cada 1 de febrero, la chispa de un fuego ancestral renace para iluminar el porvenir de uno de los pueblos originarios con mayor profundidad espiritual y cultural de México: el pueblo p’urhépecha.
La ceremonia conocida como Kurhíkuaeri K’uínchekua, que significa literalmente “somos fuego”, constituye el Año Nuevo P’urhépecha, una celebración autónoma, espiritual y organizativa que gira en torno al encendido del Ch’úpiri Jimbaŋi (Fuego Nuevo), símbolo de vida, comunidad, dignidad y resistencia.
Esta ceremonia tiene sus raíces en el pensamiento prehispánico y la cosmovisión p’urhépecha. En tiempos antiguos, durante la celebración llamada Equata Cónsquaro, se realizaba justicia y se renovaban los compromisos colectivos en torno al fuego sagrado, bajo la guía del Petámuti (sacerdote mayor e historiador) .
En la actualidad, Kurhíkuaeri K’uínchekua es más que una festividad: es un acto de reafirmación cultural. Se celebra en una comunidad distinta cada año, y no permite la presencia de partidos políticos, religiones externas o funcionarios públicos en actos oficiales. Es una ceremonia por y para el pueblo p’urhépecha.
El fuego representa a Kurhíkuaeri (Curicaueri), deidad solar y guerrera de la mitología p’urhépecha, cuyo símbolo es un águila blanca, una obsidiana ardiente y un joven guerrero. El fuego no solo se enciende en el centro ceremonial, sino también en la memoria colectiva y en el corazón de quienes luchan por la autonomía y la lengua materna.
“Fuego es mi espíritu, porque tengo vida y alegría, pienso y razono, tengo fuerza y valor para gritar”, se afirma en una de las interpretaciones contemporáneas de la ceremonia .
La primera celebración moderna tuvo lugar en 1983 en Tzintzuntzan, impulsada por estudiantes del CREFAL, académicos, artistas y líderes comunales, con el objetivo de recuperar los valores culturales y fortalecer la identidad de los p’urhépecha.
Entre los símbolos que acompañan esta ceremonia están la bandera p’urhépecha (Anásïkukua), la piedra calendario (Míndaskuarheta) y el bastón de justicia (Ts’irikuarheta). Todo ello da continuidad a los antiguos calendarios solares, agrícolas y rituales del pueblo p’urhé .
Este 2026, Tingambato se convierte en la sede número 44, dando continuidad a una tradición viva que une espiritualidad, comunidad y dignidad.
BCT