Qué difícil es escribir

Qué difícil es escribir
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Escribir exige a quien escribe esfuerzos que no son fáciles de acometer y es más difícil si existe la pretensión de comunicar algo interesante o útil.

De qué se escribe ya es un dilema, porque implica una elección del campo que puede ser filosofía, ciencia, arte, política, deporte… y en cada rama existen temas y subtemas que llaman la atención, por razones muy distintas.

Hay temas frívolos, como en el caso del Congreso de Michoacán que, recientemente, a propuesta de un diputado, llevó a todas y todos los diputados de todas las fracciones partidarias y sin partido a la aprobación de un decreto para declarar el 10 de junio como día del padre -cuando ya existe un día para este efecto- ¿Se imagina usted a las y los 40 legisladores -que cobran bastante bien- votando este decreto en un estado con problemas serios de otra índole? Lo único que queda es preguntarse quiénes son estas y estos legisladores y queda claro que se cumple una máxima democrática: todo mundo puede ser legislador, y que no hay liderazgo.

De ese tema, se puede saltar a otro: como es el choque del buque escuela Cuauhtémoc mexicano contra el puente de Brooklyn, al parecer conducido por un elemento del vecino país del norte, pero que ha llevado el accidente a escarnio.

La inseguridad, las movilizaciones de la CNTE, la elección judicial o que el técnico del equipo de futbol Cruz Azul equivocó su planteamiento táctico ante el América, son muchos de tantos otros temas sobre los que se puede escribir.

La muchedumbre de temas y problemas agobia a quien escribe, porque cada uno interesa a todo o parte del pueblo mexicano y, por desgracia, México es un país aún con muchos problemas.

Elegido el tema, el siguiente problema es elegir un enfoque, porque un tema o problema se puede analizar desde un ángulo muy diverso: económico, político, jurídico…

El gusano barrenador que en estos días afecta al ganado vacuno, por ejemplo, es un problema que se puede analizar económicamente y destacar la probable disminución de la producción de carne de res y la satisfacción de la demanda correspondiente de los consumidores -algo que, al parecer, no se pondera probable- o bien se puede examinar como un problema de salud pública.

Una decisión más que tiene que tomar quien escribe es el estilo en que habrá de hacerlo, esto es, con un tono literario, un tanto científico, reflexivo-filosófico, como crónica, entre muchos otros.

Ya la cabeza de la nota de que se trate indica ese estilo muchas veces; así, por ejemplo, para referirnos al tema baladí del Congreso de Michoacán, la columna que tratara sobre el mismo con un tono literario-cómico, podría decir: “Es junio y toca doble: los papás”; o si fuera con un tono de ciencia política, más bien podría decir: “La representación parlamentaria aprueba decretos intrascendentes. Ineficacia congresual”

La extensión de las columnas, su disposición y el lenguaje son muchas entre tantas otras decisiones que se tienen que tomar.

Por eso escribir una columna de opinión -que puede no tener razón- no es fácil y no lo es en un ámbito como el nuestro, aquejado por tantos problemas, enormes y pequeños que se agolpan en las personas y les provocan en casos angustia, desilusión y temor.

Esto último, incluso, impulsa a quien escribe a mirar temas que abstraigan a las personas de sus problemas y por eso, a veces, se habla de amor, de historia, de cosas triviales con el ánimo de arrancar a quien lea lo escrito un guiño de tranquilidad y de alegría instantánea, pero siempre con sinceridad.

Así, se dejan tres proverbios de filosofía pedestre para pensar:

- “Quien no ama, tiene los pies ligeros”

- “El silencio nace del cálculo, del temor o de la cobardía”

- “Vestirse de bistec para entrar a una jaula de leones hambrientos no es un acierto, a menos que se quiera ser devorado(a)”.

JCC

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