

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- En una confesión extensa y profundamente humana, Lionel Messi abre una ventana inédita a su vida personal: la infancia en Rosario, la familia partida por necesidad, el amor que creció a la distancia, la crítica que casi lo quiebra y la resiliencia que lo sostuvo cuando todo parecía perdido.
Messi recuerda cómo, mientras en Barcelona vivía sus días más felices —ganando, disfrutando, sintiéndose en casa—, en Argentina era señalado, incomprendido y castigado. “Me sentía un bicho raro”, admite. El dolor no era solo suyo: era el de su familia, la que se quedaba en Rosario y soportaba el peso de la opinión pública.
Hubo un punto de quiebre. Un instante en el que pensó que no podía más. Dijo que no volvería a la Selección. Y se arrepintió. Porque, como él mismo resume, la vida —y el fútbol— se trata de caerse, levantarse y volver a intentarlo.
Más allá del balón, Messi habla de la soledad que necesita para equilibrarse, de su obsesión por el orden, de su dificultad para expresar emociones y de cómo aprendió a demostrar amor con hechos más que con palabras. Antonela aparece como el eje silencioso: la amiga de la infancia, el amor que sobrevivió a la distancia, la compañera que entendió que acompañar a Messi también implicaba renuncias.
También están los hijos, la rutina, los días largos, los entrenamientos, los partidos cada tres días. Y la normalidad buscada en Miami, donde puede empujar un carrito en el supermercado y vivir, por fin, sin el asedio constante.
Messi fue criticado, incluso cuando era el mejor. Y en esa herida encontró una lección que hoy comparte: no renunciar nunca. Seguir. Intentarlo una vez más.
RPO