Verax et probus

Verax et probus
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Quien con sinceridad ha dedicado su vida o parte de ella a enseñar, sabe que instruir es un modo de sacerdocio, porque siente el llamado de contribuir con aquello que sabe, o piensa que sabe a favor de todas las personas que admitan con libertad escucharle, leerle o verle.

Pero también es una especie de sacerdocio, porque quien con franqueza busca enseñar, no tiene como fin específico obtener riqueza, poder, beneficios o ventajas de cualquier orden para su utilidad. Quiere más bien aportar a las personas elementos para que puedan reflexionar mejor y ver las cosas como son y cómo deben ser, con todos sus matices.

No se puede vivir del aíre, es cierto, y debe buscarse el sustento razonable, pero no la riqueza, ni los excesos materiales, por su enseñanza.

Y quien se dedica a enseñar, sabe bien que, aunque ello lleva consigo brindar piezas de razonamiento, como para poder armar los rompecabezas de la vida o de las cosas, también implica compartir que el saber es auténtico cuando está al servicio de los valores.

Quien enseña debe aprender a reconocer y reconocerse en el otro, admitir que en la deliberación surgen saberes renovados, que el respeto, lo mismo que la solidaridad y la entrega a su misión docente es un imperativo constante que no concluye al dejar el aula.

Quien enseña, se ama a sí mismo por su vocación, a quien enseña porque es un objetivo humano fundamental de su misión, pero también ama la verdad y la justicia.

En el universo del aula, de la escuela -incluso como construcciones intelectuales- esos valores son fundamentales, y con eso no se quiere decir que quien asume la función de enseñar crea que o deba poseer la verdad “objetiva o última” ni que ha de imponerla al resto de las personas, sin tenerlas en cuenta en todo su ser, en sus emociones, aspiraciones legítimas y objetivos fundamentales.

Quien enseña ha de tener la humildad de conversar con todas las personas su saber, para recrearlo, compartirlo y construirlo en conjunto.

No debe ser de otro modo, porque si se obra de otra manera, por ejemplo, imponiendo una “opinión” sobre la verdad de lo que las cosas son a los demás, es incorrecto, injusto, daña e impide sin dudar que la verdad cierta se alcance.

Así, se juzgó a Galileo Galilei por su teoría del heliocentrismo, o si se quiere ver aún más la ruindad de no obrar correctamente en torno a la verdad, bastaría recordar que una supuesta verdad hociconeada en las aulas y todo ámbito sobre la supremacía aria, llevó al exterminio de abuelos, padres, hijos, hermanos, esposos, esposas por millones de otra familia humana.

Quien enseña, en suma, ha de buscar la verdad, sin sentir tintes de absolutismo, y pensar, más bien, que la verdad siempre está por descubrirse o que, con humildad, podemos ver solo parte o una perspectiva de ella, siempre sujeta a crítica.

Y con una sencillez mayor, aún, obrar con honestidad, decoro y rectitud alimentando no las soluciones finales, sino la cualidad de pensar, de reflexionar, para llegar a las mejores decisiones.

Pero también ha de tenerse en cuenta que el enseñar es algo que se ejerce casi de manera universal, no solo en las aulas físicas de las instituciones de educación, sino en los espacios ideales de enseñanza.

Quien quizá ejerce mejor ese ministerio son los padres y de ellos, la madre; pero de ahí se transita a los hermanos, la familia en extenso, las amistades y la sociedad en su conjunto.

Enseñar, así, no es algo solo de algunos, es de todas las personas; pero, sobre todo, enseñar exige, más que conceptos en memoria, mostrar los distintos caminos del pensar para la verdad, lo bueno y lo justo.

Signum scientis est posse docere

RYE

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