Pacificar el país

Pacificar el país

"Un minuto de oscuridad no nos volverá ciegos"

-Salman Rushdie

La violencia exacerbada en el país es síntoma de una crisis aún más profunda, encasillar el problema o verlo tras la mirilla significa reducir las posibilidades de análisis, tapar el sol con los dedos. Diversos factores repercuten directamente en los fenómenos de las tendencias delictivas; desde los pertenecientes a la índole económica y social hasta la propia deficiencia de los sistemas educativos y de justicia, así como la descomposición institucional y el notable daño al tejido social. Bajo este precepto, nace la formulación de una estrategia de seguridad nacional que rompe radicalmente con el paradigma establecido y da un giro de tuerca a lo que se había venido repitiendo sistemáticamente en los sexenios anteriores.

Queda completamente claro que al pararnos frente al problema de la violencia en México nadamos contracorriente y el tiempo nos juega en contra, pero lo que no se logra entender, o por lo menos no para quienes su trabajo es deslegitimar la cuarta transformación es que, semanas, meses, años, inclusive sexenios no son suficientes para enfrentar un desafío tan grande y complejo como el de la pacificación del país. Mucho menos después de heredar un estado completamente fallido, con una insensata declaración de guerra al narco; todo esto, producto de una estrategia de seguridad totalmente represiva policial-militar. La insostenibilidad del sistema neoliberal y la nula perspectiva humana sirvieron de caldo de cultivo para que la corrupción, la impunidad y la violencia penetraran hasta lo más profundo de los estratos sociales.

Ahora, con el presidente Andrés Manuel López Obrador dirigiendo el buque, la retórica opositora centra su discurso en dos completas falacias: La primera, señalando que la las cifras totales de homicidios y delitos son muy elevadas. La segunda que el problema de violencia es generalizado.

En torno al primer argumento (si es que puede llamársele así) es importante remarcar que la violencia no puede ser medida como una cifra ordinaria. El presidente comenzó el sexenio con datos de delitos alarmantes, pero esa debe ser su base de medición y a partir de la misma debe valorarse el desempeño. Comparar los tres primeros años de AMLO con los tres primeros de Salinas, de Fox o de otro presidente, es asumir una posición ahistórica, irracional e ilógica, puesto que se omiten las condiciones en las que cada sexenio inició en materia de violencia.

El segundo argumento también carece de una columna que lo apuntale. Datos recientes proporcionados por La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana han dado a conocer que los delitos en el país mantienen una tendencia a la baja. Son seis los estados donde se concentra casi la mitad de los homicidios dolosos (49 por ciento). Se trata de Guanajuato, Michoacán, Baja California, Estado de México, Jalisco y Chihuahua. Sin embargo, en tres de estos (Guanajuato, Michoacán y el Estado de México) la tendencia delictiva va en descenso.

Además, es pertinente traer a consideración un factor que es poco considerado por los “analistas y voceros” opositores. La tendencia delictiva no recae únicamente en los denominados delitos violentos (robo a mano armada, secuestro, homicidio, narcotráfico, etc.) sino que dichos delitos, forman una mancuerna; red de dependencias y complicidades con los llamados delitos de cuello blanco (desvío de recursos, la defraudación, el cohecho, la malversación y lavado de dinero, etc.). Los nexos entre uno y otro son ineludibles, las complicidades forjan una cadena que se extiende, eslabón por eslabón en el tejido social. El problema se arranca de raíz, no parche sobre parche. Por eso hace sentido mirar para ambos lados desde una estrategia de seguridad integral que vele por la recuperación de las relaciones sociales y cubra cada uno de los factores inmiscuidos en el fenómeno violento.

El proceso de pacificación es lento y desafiante y se compone de pequeñas pero significativas victorias. La primera batalla la ganamos en el 2018, cuando más de 30 millones de voluntades nos pronunciamos por el cambio y una regeneración estructural radical. Apostamos por la esperanza y por la transformación de condiciones de desigualdad, violencia y corrupción. Enfrentar los hechos criminales, ahora y siempre ha sido una de las principales preocupaciones y ocupaciones del Estado Mexicano; liquidar la impunidad, la corrupción y la violencia es la meta; ningún poder estará por encima de la justicia.

Pacificar al país hasta el momento ha resultado ser una tarea monumental; bajarle dos rayitas a la ola de violencia ha parecido ser la lucha contra un monstruo de mil cabezas. Sin embargo, lograr que la oposición le baje una rayita a su discurso catastrofista, es algo más que imposible.

rmr

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