¡No a la polarización!

¡No a la polarización!

Amamos a México. La polarización los sangra, derriba y mata. Nada la justifica. ¡No a los verdugos de la patria!

Una vista panorámica

No podemos creer a lo que vemos hay personas que se ensañan contra la patria, es decir contra los hermanos, tantos inocentes, buenos e indefensos. ¡Qué lejos están los poderosos de valorar al pueblo bueno y humilde! ¡Cuánta necedad, ceguera y mezquindad! ¿Qué razones, de qué tamaño pueden justificar este crimen de lesa majestad

En muchos hombres está latente y activo el germen del pecado. Es una tendencia presente en todas partes, la división. Es un engendro diabólico, el diablo es el padre de la división, de la confrontación y de la lucha fratricida. Diablo viene de la palabra DIA BOLOS que significa dividir.

Siempre ha existido la tendencia a dividir. Ha sido patética en la historia del México independiente la lucha entre dos bandos: liberales y conservadores que ha ensangrentado la población mexicana.

La historia reciente no ha sido la excepción: la revolución mexicana, la división entre vencedores que fundan un partido hegemónico y vencidos, gobierno y rebeldes. En todos los gobiernos ha existido la división pero antes era era más ligera, menos profunda y virulenta.

El movimiento actual que se hizo del poder trae bien inoculada, bien virulenta esa tendencia que lo empuja a la polarización. Es triste constatar que el principal polarizador es aquel personaje que se da aires de muy bueno y que utiliza la investidura presidencial para atacar todos los que no lo siguen ciega e incondicionalmente.

Se arroga con soberbia y arrogancia y sin mérito alguno el papel de juez supremo, de sumo sacerdote como Anás o Caifás y sin reflexión ni justificación juzga, cataloga y condena. Todas las categorías profesionales y sociales entran en la clase de los adversarios, de los de antes, de los neoliberales, de aquellos que están condenados, carentes de valor y de inteligencia porque no son fanáticos del que pretende ser el más grande presidente de la historia.

Se crea un abismo infranqueable de separación, que se ahonda hasta lo infinito. Este vacío parece en la mente y la intención del Presidente ser definitivo. El distanciamiento se presenta irreversible y nadie sabe hasta dónde nos quieren llevar.

La polarización se vuelve efervescente en torno al primer mandatario que se vuelve muy sensible e irascible y que descalifica sin razón y ataca sin pudor, sin mesura. Se vuelven intocables en temas que son importantes para el ego del primer mandatario, en realidad no se justifican y, en el caso de la revocación del mandato, son un derroche ante un pueblo que muere sin medicamentos, sin empleo y sin el sustento digno. Igual que el cancelado aeropuerto internacional.

La luz de lo alto

El hombre debe tener virtudes y guiarse por valores trascendentes, inmutables, esenciales: Dios, la verdad, el bien común, la belleza.

Guiarse por el capricho, por “lo que diga mi delito” no lleva a nada y menos a toda la sociedad, al bienestar, al servicio honesto al pueblo sabio, humilde, indefenso y obediente que se puede manipular para fines no confesados de egoísmo, soberbia y egolatría.

La autoridad no puede ser absolutista y dictatorial, guiado por una moral personal, de un individuo de corta inteligencia y cargado de debilidades y limitaciones como ser humano. El hombre se convierte un “brutus”, deja de ser homo sapiens. El modelo de país, el programa de gobierno se convierten en una falacia y el progreso y bienestar que promete, se convierten en un espejismo y una decepción.

El hombre es una criatura racional, obra maestra del Creador que le fijó un destino, que grabó en su ser íntimo un código de moral, como un instructivo, que lo puso dentro de un orden moral, con mandamientos precisos y profundos llevados a su perfección por el Dios creador que tomó la condición humana y nos compartió su sabiduría y su virtud. El no vino a derogar la ley sino a llevarla a su máximo de perfección, a su plenitud. Quedó formulada en el Sermón de la Montaña. A los hombres que se dejan guiar y convertirse en Dios, les es grabado en su ser íntimo, en su corazón.

Todos estamos obligados a vivir conforme a nuestra dignidad divina. No somos autócratas ni podemos vivir al margen de o sobre o contra la ley. Quedamos convertidos en un terrible déspota y asesino como Elías Calles, Hitler, maduro y los tiranos de Venezuela, Nicaragua, El Salvador…

En el autoritarismo y la destrucción de la democracia, de sus organismos autónomos e instituciones sagradas, tradicionales, en el Estado fallido y la ficción de bondad, de respeto a las instituciones de la patria nos destruimos todos. Nadie se salva ni los héroes de la 4T.

México sólo se puede salvar con los valores trascendentes y universales, en el respeto honesto y real de la democracia, de las instituciones.

Fuera de esos cauces no construimos el bienestar, el progreso, la felicidad y la paz.

O somos felices todos o perecemos todos, víctimas del autoritarismo y los crímenes que sangran al pueblo y lo matan.

El único mesías, Dios hecho hombre, sabiduría eterna nos enseña la importancia absoluta de la unidad en el momento supremo cuando ama entregando su vida en sacrificio reza por los suyos: “que todos sean uno”, como atestigua el evangelista Juan.

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