Mexicanos(as) emigrantes

Mexicanos(as) emigrantes

Recuerdo con dejos de alegría y tristeza la letra de la canción “No soy de aquí ni soy de allá” autoría de Facundo Cabral y que primero popularizara en su voz Alberto Cortez, sin saberlo Cabral.

Alegría, porque en opinión de quien escribe, son pocas las canciones populares que logran captar con sencillez esencias universalizables de lo humano, sin decirlo, como la composición de Cabral.

Tristeza, porque alguien que compone una letra tan hermosamente simple, profunda y humana, no merecía morir como murió Cabral.

Pero justo esa alegría y esa tristeza, me hacen pensar que la búsqueda por vivir y por un buen vivir que a veces se reduce a cosas tan simples como beber una copa de vino tinto, comer un poco de pan casero, escuchar la voz de alguien que canta o mojarte los pies en el mar, se ha convertido, como muchas otras pequeñas cosas, en metas muy difíciles de lograr en México.

Algo está sucediendo en nuestro país, que esos pequeños placeres se están convirtiendo en auténticos lujos que muy pocos alcanzan.

Y para muchos mexicanos y muchas mexicanas, el anhelo por disfrutar de esos parvos placeres en su patria, les ha llevado a cruzar el país, las fronteras y llegar a lugares distantes en todo sentido.

No se trata de hacer héroes a quienes emigran, diciendo que sufren mil vejaciones en países ajenos, pues quizá sufrieron peores maltratos en esta tierra nuestra, con la diferencia de que allá a donde van les espera, como en muchos casos es así, una mejor vida.

Las mexicanas y los mexicanos que emigran, si son disciplinados y poseen la capacidad de ahorrar y administrar bien sus ingresos, es muy probable que allá o aquí -con lo que ganan allá- puedan saborear una copa de vino tinto, comer un poco de pan casero, escuchar una canción y mojarse los píes en el mar.

Y no importa ya, que esas mexicanas y esos mexicanos, sean adultos jóvenes o casi personas mayores (60 y más); no importa que tengan estudios de la pre-primaria hasta maestrías; no importa que su destino sean los Estados Unidos de América, Noruega o Finlandia -mientras haya trabajo y mejores salarios-; no importa, después de todo, que tengan que trabajar -en donde es lícito- cortando marihuana, cortando mazorcas de maíz, llenado botellas de shampoo para carros, vendiendo dulces, vendiendo pan, cuidando niños o de trabajadoras domésticas -todo lo cual es honesto y noble- pero olvidándose de años y años de estudio que no les reportó en nuestro país un trabajo en su área de formación.

Para esos cientos, miles y millones de mexicanas y mexicanos cada vez más preparados, lo que importa al final es que pueden disfrutar de los pequeños goces a los que no han tenido acceso en su país de origen.

¿Volver? No creo que se lo planteen con seriedad, porque el medio en donde están les permite ser y vivir de un modo que se aproxima a una vida modestamente bohemia en cierta libertad y seguridad, que no han podido tener en México, por más que dignamente la buscaran.

Al final, como dice la canción: No son -ni serán- de aquí ni son -ni serán- de allá...pero ser feliz es su color de identidad.

Algo está cambiando en nuestro país que está perdiendo identidades, yo no lo sé, pero es seguro que algo está sucediendo en ese camino a no ser de aquí, ni ser de allá.

Comentarios: urielpr@gmail.com

rmr

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