La sombra de Almonte
La patria, al final del camino, somos todas las personas que formamos la comunidad de un país, aún con nuestras diferencias, y en esa comunidad, nuestra relación con la patria es política, jurídica, histórica, cultural, pero también emocional.
El amor a la patria, de ese talante, es un amor abstracto; pero también concreto, a nuestra comunidad concreta y a nuestros seres queridos.
Proteger y defender la patria es realizar y omitir conductas con proporción para conservar y desarrollar lo que somos en comunión, nuestros bienes, nuestros valores, nuestro horizonte, incluso, nuestra propia forma de ser.
Amar a la patria no es patrioterismo, pues el patrioterismo es puro alarde, una especie de esquizofrenia del paisanaje que, por no ser representativo de la realidad, es reprobable; el amor a la patria es diferente.
El amor a la patria se puede leer en una carta que se atribuye a José María Morelos y Pavón -uno de nuestros héroes máximos- y que al final de sus días dirige a su hijo Juan Nepomuceno, en tanto dice:
“Morir es nada, cuando por la patria se muere, y yo he cumplido como debo con mi conciencia y como americano. Dios salve a mi patria, cuya esperanza va conmigo a la tumba… No me resta otra cosa que encargarte que no olvides que soy sacrificado por tan santa causa y que vengarás a los muertos…”
En la carta atribuida a Morelos se encuentra expreso el amor a nuestra patria, por la cual dio su vida.
Es lagrimoso que esa emoción patria no se comparta, y muy por el contrario, se vaya contra ella.
Ejemplos hay de traición en nuestra historia más de uno, por desgracia, y quizá uno de los más dolorosos, es el que encarna Juan Nepomuceno Almonte, uno de los propios hijos de José María Morelos y Pavón.
Juan, como adolescente, combatió al lado de su padre y, si en un inicio abrazó la causa de la independencia, al final de su vida, luego de que sus privilegios -en buena medida fruto de su estirpe- disminuyeron, se inclinó abiertamente por la intervención francesa, por el gobierno de Maximiliano de Habsburgo y formó parte activa de él.
Así como parte de la prensa de aquel entonces, utilitariamente alababa sin tapujos la intervención, la marcha “triunfal” de lo que llamó el ejército franco-mexicano y la monarquía de Maximiliano; también hubo prensa que, sin ambages, no dudó en llamar a Juan Nepomuceno Almonte como era: un traidor, un traidor que murió finalmente lejos de la patria.
Estos episodios, los hubo antes, y lo hay ahora, pues hay quien protege y defiende a la patria y quien, aboga, sueña, aspira y se solaza acariciando la intervención de gobiernos extranjeros en nuestra patria y en cualquier otra patria.
Quien defiende a la patria tiene ese vínculo político, jurídico, histórico, cultural y, sobre todo amoroso con esa comunidad que la formamos, y quien suspira y se felicita por las intervenciones, solo se mira a sí mismo, a sus privilegios que quiere o busca recuperar o conservar y por eso no es patriota, como ocurrió con Nepomuceno.
Que triste esa abdicación del amor a la nación, que paupérrimo el contento por la desgracia de la patria y que mal tino aquél de los patológicos no patriotas que piensan que todos somos no patriotas; no, no todos somos iguales.
Y para la posteridad, en otras latitudes quedará la imagen grabada de una persona que recibe un reconocimiento universal, que luego ofrenda a quien ha osado pisar el suelo de su patria, procurando el favor de lograr un respaldo para acceder al poder.
Qué pena y por quien festeja el daño a la patria.
RYE-

