La democracia no muere de golpe
No hay dictaduras que lleguen intempestivamente. Ninguna aparece de la noche a la mañana con tanques en las calles y decretos marciales. Las dictaduras modernas —las verdaderamente peligrosas— llegan por la vía democrática, usando las reglas del sistema para vaciarlo desde dentro. Lo hacen paso a paso, reforma a reforma, debilitando instituciones, anulando contrapesos y acostumbrando a la sociedad a que cada retroceso sea presentado como algo normal, incluso necesario.
Esta lección no proviene solo de los libros de historia. Proviene de observar cómo sociedades enteras, cultas y complejas, aceptaron —a veces con entusiasmo, otras con resignación— la demolición de su propia libertad. No fue un estallido; fue un proceso. No fue un error; fue una estrategia.
México hoy transita por ese mismo sendero
La reforma electoral que impulsa Morena no es un debate técnico ni una modernización administrativa. Es el último eslabón de una cadena cuidadosamente construida durante los recientes años: la captura del Poder Judicial, el ataque sistemático a la prensa crítica, la deslegitimación de los órganos autónomos, la concentración del presupuesto público y la narrativa permanente de enemigos internos. Todo ello ha preparado el terreno para intervenir ahora en el corazón de la democracia: las reglas del acceso al poder.
El primer signo de alarma es la eliminación o debilitamiento de la representación proporcional. Las diputaciones y senadurías plurinominales no son un privilegio; son un mecanismo de equilibrio. Existen para evitar que una sola fuerza política —aunque gane elecciones— se apropie de todo el espacio legislativo y gobierne sin oposición real. Desaparecerlas equivale a silenciar minorías, homogeneizar el Congreso y convertirlo en una oficialía de partes del Ejecutivo.
El segundo riesgo es aún más profundo: la pretensión de alterar la naturaleza de los árbitros electorales. Bajo el disfraz de “democratizar” su elección, se busca politizar a quienes deben ser imparciales. La historia es clara: cuando el árbitro depende del poder que debe vigilar, la elección deja de ser un instrumento de legitimidad y se convierte en un trámite de confirmación.
A ello se suma la posible desaparición de los órganos electorales locales. Este golpe al federalismo no es casual. Centralizar las elecciones implica controlar procesos, tiempos, decisiones y recursos desde un solo centro político. La diversidad territorial, social y política del país se reduce a una lógica única, funcional al partido gobernante. El resultado no es eficiencia: es fragilidad, conflicto y pérdida de legitimidad.
Todo esto ocurre mientras México enfrenta una crisis real y cotidiana: la inseguridad se ha disparado, el crimen organizado controla territorios completos, la economía se hunde y el erario ha sido saqueado bajo la cobertura de programas opacos, contratos discrecionales y obras sin rendición de cuentas. Morena lo sabe. Sabe que no ha dado resultados. Sabe que el desencanto crecerá rumbo a 2027 y que 2030 podría marcar el fin de su hegemonía.
Por eso la prisa. Por eso la reforma
La historia enseña que el momento decisivo no es cuando se cierran los periódicos o se encarcelan opositores; ese es el final del proceso. El punto crítico ocurre antes, cuando una sociedad acepta que “no es para tanto”, que “es solo una reforma”, que “el pueblo manda”. Ahí es donde la democracia empieza a morir sin hacer ruido.
México aún está a tiempo. Pero el tiempo se acorta. La reforma electoral no es un ajuste técnico: es una advertencia. Quien tenga oídos para oír, que oiga.
*Presidente Nacional del PRI.
BCT

