Emociones electorales

Emociones electorales

Como ocurre con todas las palabras de la lengua, cada una tiene más de un significado, y la palabra emoción sufre de esta polisemia.

Con el ánimo, sin embargo, de dar sentido a la palabra emoción de manera útil para esta columna, se puede decir que significa un ánimo intenso, transitorio y que puede ser agradable o desagradable, consistiendo en miedo, ira, tristeza, alegría, sorpresa, asco, vergüenza, amor y felicidad (Ekman).

Las emociones, para algunos psicólogos, motivan la vida sustancial de las personas y dominan por sobre otras perspectivas, como aquella sexual. De hecho, dicen que el deseo sexual, por ejemplo, puede verse anulado por la emoción del asco. (Incluso, hay que considerar que las emociones en muchos casos superan o desoyen a la razón).

Una persona es un ser emocional y lo es desde su origen, como especie y en lo concreto, de modo que las emociones acompañan al ser humano siempre.

Sin embargo y a pesar de que a las personas nos acompañan las emociones, no todo provoca siempre, ni de la misma manera, y no todas las respuestas que se dan en torno a las emociones son las mismas.

Existen factores propios (Darwin también abordó este tema, bajo una perspectiva de tránsito genético), como sociales, en especial de educación que, por decirlo de algún modo, condicionan las emociones, su camino y respuestas.

Digno también de resaltar es que las emociones se pueden vincular con la persona que las siente, como puede relacionarlas con la familia, amigos, compañeros de trabajo, grupos sociales, políticos, etcétera.

Se puede sentir amor por una persona concreta, como también vergüenza o ira respecto a un grupo de personas (no se dice que esté bien, pero es así), un gobierno, una organización o un partido.

La reacción que desatan las emociones puede ser tenue o muy honda y/o descontrolada, en función de las propias condiciones personales, así como sociales, y ser poco “razonable”.

Es muy importante considerar lo anterior, porque ayudan a explicar, junto con otros factores, fenómenos de tan distinta orientación política como el lopezobradorismo y, de manera reciente, el caso de Javier Milei en Argentina.

En México, el lopezobradorismo se ha explicado como una especie de respuesta emocional de una gran parte de las y los ciudadanos a la repulsa que originaron los partidos y políticos de derecha y centro derecha que llevaron al país a una desigualdad profunda e inseguridad rampante.

También, por otra parte, se debe considerar que la figura de Andrés Manuel López Obrador, en ese escenario emocional, presentó una imagen de sorpresa, agradable y de confianza frente al resto de los actores políticos, y le generó afinidad.

En el caso de México, aunque se ha querido explicar el lopezobradorismo por el hartazgo popular, debe más bien fundarse en un análisis emocional, más refinado.

El caso de Javier Milei de Argentina, aunque de cuño liberal extremo y muy distinto al lopezobradorismo autoasumido de izquierda progresista, es explicable paradójicamente sobre la misma base del lopezobradorismo.

Eso quiere decir, a la distancia y considerando la existencia de otros factores no pormenorizados, que las y los ciudadanos de Argentina, emocionalmente expresaron tristeza, vergüenza y repulsa por los partidos y políticos gobernantes de su pasado reciente, y que su respuesta fue inclinarse por quien, con o sin razón, han estimado que puede crear las condiciones para un mejor estado de vida y lograr un poco de felicidad.

Los dos casos, el lopezobradorismo y el fenómeno Milei, tan dispares, muestran la misma moneda de respuesta emocional en los procesos electorales.

Los políticos y sus partidos, como organizaciones, harían bien en examinar cuáles son las causas que “detonan” las reacciones de las y los ciudadanos en los procesos electorales, atacar esas causas y brindar caminos de salida o respuesta idóneos a esas emociones, con sinceridad y justicia.

RYE

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