Bullying o acoso escolar

Bullying o acoso escolar

El bullying o acoso escolar es “toda intimidación o agresión física, psicológica o sexual contra una persona en edad escolar en forma reiterada de manera tal que causa daño, temor y/o tristeza en la víctima o en un grupo de víctimas”.

El acoso escolar implica, como hecho, a dos personas o grupos de personas, por un lado, al o los agresores y por el otro a la o las víctimas, así que la agresión puede ser de una o varias personas contra una o varias personas, todos en edad escolar.

Los actos que ejerce o ejercen los agresores, pueden ser físicos, psicológicos o sexuales, y deben ser reiterados en un contexto escolar, aunque estos no ocurran necesariamente en los espacios escolares. Los actos aislados no configuran acoso.

La consecuencia de la agresión debe ser un daño físico o emocional, temor o tristeza en quien la sufre.

El acoso escolar es un fenómeno universal constante, de modo que se presenta lo mismo en países ricos que pobres, con “altos estándares de educación” como bajos, de diferente cultura y origen, especialmente en los niveles de educación básica: primaria, secundaria y preparatoria.

Para detectar el acoso es fundamental el actuar de padres, hermanos y familia, que observen la conducta de los menores, así como crear un clima de confianza que permita la comunicación entre la víctima y su familia.

En segundo orden, es importante precisar las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que ocurrieron los hechos, esto es, responder a las preguntas: ¿Qué hechos se han cometido? ¿Quién ha cometido los hechos? ¿Cuándo se han cometido? ¿En dónde se han cometido? ¿Cómo se han cometido? ¿Qué elementos se tienen para demostrar los hechos?

Al reunir la información, los padres de familia o la familia, pueden ponderar la viabilidad de reclamar los hechos de acoso escolar.

A veces, eso no es fácil, porque las personas que agreden lo hacen en un ámbito de sigilo, anónima o encubierta, pero si se tiene el convencimiento, es preferible actuar.

Quizá, paradójicamente, la misma víctima pida que no haya una intervención de la familia ante las autoridades educativas, por la misma presión que se ejerce en el entorno escolar, esto es, que la víctima juzgue que puede recibir una mayor agresión o un desdoro de su personalidad (a veces, la víctima “teme” quedar como débil, chismoso, gallina, etcétera).

No obstante, es conveniente estar atentos, para que se pueda intervenir legítimamente cuando el daño o riesgo de daño lo amerite, porque las consecuencias del acoso pueden ser graves y eventualmente irremediables.

Lo importante es que, si se decide actuar, las autoridades educativas y escolares tienen un papel importante, que desgraciadamente incumplen.

La Ley General de Educación, por ejemplo, prevé que la educación en sus contenidos debe promover la paz y no violencia, y precisa que los docentes y personal que labora en las escuelas deben tomar las medidas necesarias para proteger y cuidar a los niños y jóvenes escolares, frente a todo maltrato, violencia, perjuicio, daño, agresión, abuso, trata o explotación sexual o laboral.

Para ese efecto, incluso, se ha de incorporar a todos los interesados, desde los niños y jóvenes interesados, como los profesores, madres, padres, familia y tutores.

Incluso, las escuelas deben promover y difundir programas y actividades para lograr una cultura de paz, exenta de acoso y violencia y, asimismo, elaborar y dar a conocer protocolos de atención frente al acoso escolar y brindar asistencia a las personas involucradas.

Todo ello es una obligación legal, conforme a la Ley General de Educación, pero de manera lamentable, se incumple, por motivos diferentes: el agresor tiene vínculos con las autoridades escolares, los profesores y autoridades prefieren derivar el problema y no participar, existe una contracultura enraizada, entre otros factores.

Así, es muy frecuente escuchar: bueno, eso siempre ha ocurrido (lo cual es cierto, pero eso no exime la responsabilidad para actuar), antes con dos o tres golpes arreglabas el problema (lo que reenvía a una contracultura de violencia y perpetuar el acoso, de otra manera), tiene que aprender a defenderse (lo que es cierto, pero hay límites).

Lamentablemente, ese acoso escolar, al pasar el tiempo, se convierte en edad adulta en otro tipo de acoso, laboral por ejemplo, en el cual existen acciones predatorias, infamantes, artificiales, injuriosas y demás que tampoco son frenadas y se perpetúa un estado de violencia e injusticia.

Es conveniente actuar a tiempo y cuando proceda.

RYE

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