Amor. Parte I

Amor. Parte I

El próximo 14 de febrero ha de celebrarse el día del amor y de la amistad, y por esa razón, comienzo una serie de columnas que concluirán justamente ese día con un mensaje a modo de corolario, abierto a la reflexión sobre el amor.

“Aproximación”. Cuando pensamos, hablamos o escribimos sobre el amor, lo vinculamos casi siempre con una persona, tratamos de saber qué es el amor, cuándo y cómo nace, su camino, sus pretensiones, sus fines, su relación con otros objetos o sujetos, su ocaso, por qué muere, por qué renace y un sinfín de cuestiones que se responden a partir de quienes somos.

Esas respuestas “a partir de quienes somos” deben ponderarse, porque el conocimiento, la comprensión, conceptuación y práctica del amor oscila entre la subjetividad (cada persona, en lo singular lo asume de manera propia, personal) la relatividad (el amor también implica una perspectiva de grupo-s-, en tiempo y espacio) y la objetividad (el amor es lo que es, más allá de las percepciones personales o colectivas); pero es claro que al final todo se mediatiza por las personas singulares.

La carga subjetiva del amor, sin embargo, o quizá por ello asociada con otros aspectos, muestra que constituye un tema fundamental para la vida de las personas de ayer, hoy y mañana. Por amor se muere y se vive.

Quiero destacar, por obvio que parezca, que escribir del amor es importante, que no es trivial, ni pérdida de tiempo, ni una fantasía “romántica”, porque el amor es causa y fin de las mejores obras del ser humano, de modo que comprenderle mejor puede propiciar esas obras.

Incluso, si las personas conocemos, comprendemos, conceptuamos y realizamos el amor de una mejor manera, sus buenos frutos trascenderán a las personas concretas y posibilitarán una sociedad con más orden, con más paz; una sociedad con más amor y menos violencia.

Sé que hablar del amor, por otra parte, no es una cuestión sencilla, porque, ya de entrada en filosofía se puede reflexionar sobre qué es amor, cuál es su naturaleza, su origen, su fin, su extensión y límites, si es posible “conocer” al amor, cuál es el camino al o del amor o si el amor tiene una ética o una lógica.

En las ciencias, el amor también es materia de valoración, así sea en matemáticas (se han desarrollado formulas del amor; o bien, representaciones gráficas de la evolución del amor en un eje cartesiano, en el que una de las personas amorosas representa un punto y otra persona el otro punto, de modo que la sucesión de puntos –y sus líneas– representan su vínculo a lo largo del tiempo) biología (en el campo de las neurociencias, por caso, se aborda el tema con un sentido evolutivo, desde la concepción de la persona y su vida intrauterina hasta su edad adulta) o bien, en el área del derecho (ya en algunos congresos de derecho constitucional se habla de la relación de las emociones –entre ellas el amor– con las normas, y cómo es que las primeras influyen en las segundas).

El arte, como puede comprenderse con facilidad, constituye una ruta del amor por demás natural y no parece necesario explicar en absoluto que, en cualquiera de sus ramas, el amor es su tema recurrente. Juan Ramón Jiménez –escritor español– escribió por ejemplo: “Mi vida pende y oscila entre dos abismos: el amor y el arte”

¿Con qué mano escribiré en torno al amor: filosofía, ciencia o arte? La realidad es que tomaré ventaja del carácter de este escrito que no guarda mayor pretensión reflexiva, científica o artística y escribiré de uno a otro extremo, con una perspectiva más humana, sin formalismos, coloquial.

Por ende, pido clemencia para quien analice mis columnas con un sentido de rigor, método y técnica, que no encontrará.

Finalmente, quiero aclarar que la redacción de esta y las próximas columnas han de carecer de citas o remisiones, salvo en casos que considere necesario.

“Noción(es) del amor”. Comienzo por aceptar la imposibilidad de brindar una definición del amor, porque como ya se anticipó existen mil y un perspectivas para abordarlo y, por ende, para conceptuarlo; no hay, así, una definición aceptada de forma universal.

Sin embargo, sí me parece posible apuntar algunos rasgos del amor como regulares y que lo perfilan, más allá de que también pueden ser discutidos.

El amor es un sentir emotivo y como sentir es una experiencia que, si bien es patrimonio interno, también tiene lugar en el mundo, en su espacio y en su tiempo.

El amor no es cualquier sentir, es un sentir intenso, vehemente, apasionado o muy vivo por alguien o algo.

El amor es libre, porque no puede ser impuesto por algo o por alguien –aún por uno mismo– ni nacer de vicios, engaños o violencia.

El amor implica una relación con algo o alguien, incluso considerando que ese alguien puede ser uno mismo (amor a uno mismo) o algo no perceptible físicamente (dios, por ejemplo: el amor a dios).

En este rubro, es posible que el amor exista solo en una de las personas “relacionadas” y no en la otra.

El amor es una necesidad, en tanto se requiere de alguien o algo de forma que se percibe indispensable, como un complemento.

El amor también implica una atracción –a partir de diversos elementos no necesariamente físicos– por algo o alguien, que se quiere cerca o próximo.

El amor tiene una pretensión buena, en tanto procura alegría, bienestar, felicidad, para quien ama o a quien o lo que es amado, en lo cual juega un papel relevante la buena fe y la lealtad.

El amor se transforma, en especial en sus expresiones, sin dejar de ser amor, sin dejar de ser él mismo. No es el mismo amor aquel de la pareja en un inicio que en el ocaso de la vida, aun siendo la misma pareja y con amor.

El amor por alguien, tiene una pretensión de reciprocidad, sea que la reciprocidad se logre o no. Es natural que quien ama aspire a ser amado por quien ama.

El amor tiene tiempo, no en el sentido de que necesariamente acabe, sino entendiendo que el amor puede ser por un lapso o por “toda la vida”, pues hay de uno y otro amor, sin premeditación.

El amor tiene su propio lenguaje, en general y un lenguaje especial entre aquellos quienes se aman en una relación.

Al hablar del lenguaje, se entiende en su sentido amplio, no solo escrito o hablado; así, tomarse de la mano, mirar efusivamente a los ojos del otro o dar un beso al ser amado es un lenguaje de amor.

De forma conclusiva, puedo pensar que el amor es un libre sentir, una emoción viva, vehemente, cambiante sin perder su esencia, sujeto a tiempo, de necesidad regularmente hacia alguien y eventualmente hacia algo físicamente o no sensible que nos atrae, con una pretensión de reciprocidad y de bondad que se expresa con su propio lenguaje y el general.

Por exclusión, el amor no es un sentimiento o emoción fútil, no se impone, no está sujeto predefinidamente a tiempo, no pierde su esencia, no puede carecer de atracción, no es calculadamente prescindible, no es de mala fe, ni desleal, no exige reciprocidad necesaria, no tiene pretensiones malas, vanas, ni utilitarias y no emplea lenguajes calculados o erróneos.

Quiero concluir esta primera entrega, con una expresión en verso libre que habla sobre lo escrito, como una manera de brindar cierto sentido poético y quizá agradable a la lectura, que la haga más llevadera.

Amor misterio,

Deja nombrarte,

Aunque no sepa,

Aunque pierda

Tu buen sentido,

Al pronunciarte.

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