Al diablo con sus instituciones

Al diablo con sus instituciones

Si un rasgo distintivo de la derecha ya resaltado en los últimos años en el país, es su veneración y la añoranza hacia un pasado que evidentemente ha sido enviado al basurero de la historia por parte de una nueva mayoría gobernante y actuante. La estridencia con la que los opositores a la Cuarta Transformación están construyendo su narrativa es la muestra de ese aferramiento a sus privilegios.

Conscientes de su falta de banderas y de causas, de su derrota moral y de la oquedad de su discurso; buscan abrazarse de falsas batallas para mermar las simpatías hacia el presidente López Obrador y su gobierno, mismas que se han afianzado hondamente en la conciencia popular y en las mismísimas calles, que ahora pretende tomar la derecha para defender a sus "instituciones".

Si el país cambió, si hay una nueva correlación de fuerzas favorables al pueblo mexicano y adversa a la oligarquía; lo natural es que está condición diferente se exprese en cambios institucionales y legales que den cuenta de las posiciones históricas de un movimiento que por años exigió transparencia, certeza y austeridad en el aparato público.

No, los convocantes a la marcha en defensa del INE no están peleando por una causa en favor de una mayoría, han decidido expresar enojo ante el derrumbe de un aparato burocrático que jamás sirvió a la democracia, que ha actuado como militante político y no como árbitro, y que ha obstaculizado la participación ciudadana en actos de definición política importantes como la histórica consulta de revocación del mandato.

La derecha está mostrando su rostro conservador, porque exige en efecto que no se toque a una instancia que debe ser sujeta del escrutinio público de forma permanente. Sin embargo, sacralizar las instituciones contribuye a qué se petrifiquen privilegios, es la negación al sano ejercicio de la crítica social, actúa en favor de la opacidad y crea castas tecnocráticas.

No tocar al INE, no revisar su funcionamiento y cerrar los ojos ante su deterioro y la incapacidad que ha demostrado para adaptarse a la exigencia de la ya conquistada democracia participativa; hace de esa instancia un resquicio dogmático, a todas luces anacrónico en este momento histórico de transformación de la vida pública del país.

Se equivocan quienes dicen que esta discusión polariza. No hay polarización en aquello en lo que existe una postura mayoritaria, y en el caso de la reforma electoral propuesta por el Presidente, a todas luces existe esta condición de mayoría.

¡Al diablo con sus instituciones! Con esas que no quieren tocar, con esas que no sirven al pueblo, que defienden privilegios, con esas instituciones que defienden por consigna e irreflexivamente. Nuestra Patria está cambiando, ¿Por qué no debería hacerlo también el INE?

rmr

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