23 años después del 2000

23 años después del 2000

El año 2000 fue un año ilusionante porque significó el rompimiento con el pasado autoritario de impronta “revolucionaria” -familias y estirpes de cuño revolucionario- y priista, para dar paso al gobierno de extracción panista encabezado por Vicente Fox, apoyado por diferentes grupos políticos y de interés.

El gobierno del partido conservador fue, si se le mira contra las expectativas, una desilusión, un auténtico fiasco, cuya mayor herencia puede verse en los aportes a una cuestionable transparencia, venida a maquillaje barato.

El arribo en 2006, de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa a la silla presidencial, en la pose de hijo desobediente de Vicente Fox, más que frente al panismo, fue desaseada y cuestionada, desde entonces y hasta el día de hoy. Si algún mérito se le podría reconocer al gobierno de Calderón es el haber acompañado la reforma constitucional en materia de derechos humanos de 2011; pero carga con el peso de una guerra mal planeada y peor ejecutada contra la delincuencia organizada, cuyos estragos aún sufrimos.

La corrupción que no parece distinguir cunas de partido, en los dos gobiernos panistas de 2000 a 2012, fue moneda de cambio común. El toallas “gate” o el caso Genaro García Luna son ejemplos paradigmáticos de esa corrupción.

Ese desencanto frente a los gobiernos “azules” y el adagio popular de más vale malo conocido que bueno por conocer, además de una oposición de izquierda no suficientemente articulada, hizo que el PRI se volviera a hacer de la silla presidencial, con un fuerte apoyo económico y de los medios de comunicación tradicionales.

El gobierno priista de 2012 a 2018, se pasó por alto la catarsis, no se auto evaluó con fines de resiliencia y no aprendió de las consecuencias de sus errores, así que, no solo como antes, sino con más profundidad, se encontró de frente con nuevos casos de corrupción (la “Casa blanca” solo por ejemplo).

A la par que los “gobiernos de alternancia” corrieron de 2000 a 2018, sin hacer mucho ruido, pero con trabajo tesonero, Andrés Manuel López Obrador se metamorfoseó, pasando de un político de principios, a otro moderado, para recalar finalmente en un actor profundamente pragmático.

Un perfil sencillo, claro y contundente del pragmatismo del ahora presidente se puede apreciar en la armonía de su filosofía política con la trivialidad de los medios elegidos para luchar y luego ejercer la Presidencia de la República. Dato no menor es la integración de personas de cualquier calaña al movimiento. Así, de todo, bueno y malo.

El hartazgo de la gente con los gobiernos priistas -remotos y próximo-, panistas; el propio ejercicio corrupto de los gobernantes de esos colores, la imagen en general limpia del Andrés Manuel López Obrador, así como su pragmatismo y la posición -a fines prácticos valiosa- de Enrique Peña Nieto, que abrió el juego político, para dejar que los candidatos a la Presidencia en 2018 compitieran “libres”, puede explicar el triunfo del actual presidente.

A 23 años de aquella primera alternancia y poco más de 3 años de ejercicio del actual Presidente de la República, la pregunta al parecer sigue siendo la que se presentó a inicios de 2000: ¿Han cambiado las cosas?

Responder a esa pregunta es una empresa difícil, porque implica responder a qué se entiende por cambio, sus tipos, contextos y profundidad, entre muchos otros aspectos.

La idea, me parece, sin embargo, es presentar la cuestión de una manera más sencilla, humana y terrenal.

Eso quiere decir que más que tratar de responder la pregunta de forma sistemática y objetiva, debe solucionarse en clave personal y conforme a cada sujeto.

La pregunta, por tanto, no debe ser ¿han cambiado las cosas? sino ¿para usted en lo personal han cambiado las cosas?

Y me parece que al responder, se debe procurar hacerlo con la mayor sinceridad y convencimiento razonables. Una respuesta movida por las pasiones o los intereses mezquinos, no es una buena brújula.

Si cada persona responde a esa pregunta lealmente y de buena fe, aunque no lo diga, ni lo comunique, muy probablemente formará opinión e incidirá en el derrotero político de este país, para bien.

En ese sentido, me parece que el postulado del “contrato social” de que la agregación de voluntades es la voluntad general o de las mayorías, puede ser válido.

No falta mucho para las elecciones en Coahuila y el Estado de México -la famosa joya de la corona por los recursos económicos y votos potenciales que implica- y también falta poco para las elecciones generales de 2024.

Si cada uno(a) de nosotros(as) responde a la pregunta de si las cosas han cambiado para cada uno(a) en lo personal, eso será un buen norte para mantener, modificar o cambiar al actual grupo en el poder.

Por supuesto que tengo mi opinión al respecto, pero sería incoherente decir mi postura, porque justo es un acto personal que, en sus expresiones venideras, formará la voluntad general. La voluntad de todos, o bien, la voluntad de las mayorías.

Lo que no se debe pasar por alto, se reitera, es responder la pregunta. Feliz 2023.

rmr

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