Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- Bajo el resplandor de la cantera rosa que hoy consagra a Morelia como Patrimonio Cultural de la Humanidad, resulta difícil evocar el caos de hace cinco lustros, cuando más de dos mil comerciantes informales asfixiaban el corazón de la ciudad entre lonas y abandono. En una charla que anticipa el 25 aniversario de esta transformación, el próximo 5 de junio, el exgobernador Víctor Manuel Tinoco Rubí reflexiona sobre aquella cirugía política mayor que devolvió la dignidad al centro histórico, recordando cómo una decisión firme —marcada por la presión de la UNESCO y el clamor social— logró rescatar la esencia de la capital michoacana.
Sentado con la tranquilidad que da el tiempo, Tinoco Rubí evoca las peticiones que recibió durante su campaña a mediados de los 90’s. No eran solo demandas de infraestructura, sino un clamor por "devolverle la dignidad histórica a Morelia". El turismo se alejaba, ahuyentado por la incomodidad y el descuido. "Esta acción no es personal, no es un asunto que yo me pueda adjudicar nada más, es un asunto que nos hizo pensar y trabajar políticamente en el hecho de buscar la participación de la sociedad", afirma, subrayando que el proyecto fue, ante todo, un ejercicio de conciliación y planeación profesional.
El reto era titánico: reubicar a miles de ambulantes que ocupaban decenas de calles y seis plazas emblemáticas, incluyendo la de San Francisco, que en aquel entonces estaba "totalmente desaparecida" bajo un mercado enorme. El riesgo no era solo estético o social; el tiempo corría en contra. La UNESCO observaba de cerca y la amenaza de retirar el nombramiento de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado el 12 de diciembre de 1991, era real. "Yo creo que, si nos tardamos unos dos meses más, nos lo retiran", confiesa el exmandatario, revelando la presión internacional que pesaba sobre su administración para preservar los requisitos de conservación.
La estrategia no se limitó a mover puestos; fue una cirugía mayor al corazón urbano. Se descentralizaron oficinas gubernamentales, se retiraron juzgados y se gestionó el traslado de la central camionera, un punto crítico de congestión. Para lograrlo, el gobierno estatal donó terrenos y atrajo inversiones. El ex gobernador destaca que la clave fue el diálogo extenuante: "Nos reuníamos hasta la una o dos de la mañana con los líderes, con los propios ambulantes también, con las familias, y estuvimos convenciéndolas de que la calle no iba a ser patrimonio para heredarle a sus hijos".
Uno de los detalles más humanos que comparte Tinoco Rubí es el papel silencioso de las mujeres en este proceso. Relata cómo se realizó una labor de sensibilización con las esposas de los comerciantes para que ellas ayudaran a convencer a sus maridos de los beneficios a largo plazo. "Tuvieron la sensibilidad... fue un trabajo muy silencioso pero muy efectivo", comenta, reconociendo que muchos de los líderes ni siquiera eran originarios de Michoacán, lo que añadía una capa de complejidad a la negociación política.
A pesar de la magnitud de la operación, el 5 de junio de 2001 el centro amaneció despejado sin que se hubiera disparado un solo proyectil. Se utilizaron vallas y presencia policial, pero el acuerdo previo evitó la confrontación. Para el exgobernador, esa fecha tiene un peso emocional doble: ese mismo día, pero de años atrás, nació su hijo Jorge. "El día del rescate fue un día inolvidable... ¿saben qué es lo que más me emocionó? Las verbenas naturales. Yo me fui caminando a la plaza San Francisco... y la gente feliz, pero de veras contenta", recuerda con una sonrisa.
Al recuperar las plazas, la ciudad se enfrentó a la cruda realidad del deterioro. Tras décadas de abandono, la cantera estaba manchada de grasa y los malos olores impregnaban las calles, los negocios, las plazas. Tinoco Rubí relata cómo tuvieron que invertir recursos de última hora para rehabilitar los pisos con materiales traídos de Querétaro y modernizar el alumbrado de la Catedral. "El centro histórico significa un polo turístico muy importante... tuvimos que invertir para dejar en cero la parte del alumbrado y la reposición de todas las losetas", explica sobre el esfuerzo financiero final.
Hoy, a 25 años de distancia, el paisaje es otro. El antiguo Palacio de Justicia es un museo, la central camionera es el Centro Administrativo de Morelia y el cableado subterráneo —obra que le valió premios nacionales al ingeniero Octavio Larios— permite una vista limpia del cielo moreliano. Sin embargo, Tinoco no oculta su preocupación por los nuevos desafíos: las casas abandonadas en el primer cuadro y la presión inmobiliaria. Para él, la solución sigue siendo la misma: "Se debe respetar el uso del suelo del primer cuadro. Tiene que haber un plan regulado y una organización social".
La conversación gira hacia el futuro y los proyectos pendientes que aún despiertan la curiosidad de los ciudadanos, como el misterio de los túneles coloniales. Aunque en su momento la idea fue planteada por la entonces secretaria de Turismo, Silvia Hernández, el tiempo no alcanzó para explorarlos. "Es un atractivo impresionante... historias que a la gente le gusta. Sería fabuloso que ya las abrieran, cuidando todas las especificaciones técnicas", comenta, alentando a las nuevas administraciones a explotar esa riqueza mística de la ciudad.
Tinoco Rubí insiste en que las nuevas generaciones, aquellas que hoy ven un centro impecable, deben conocer la historia de lo que costó recuperarlo. Para él, no se trata de colgarse medallas, sino de transmitir una lección de civismo y política. "Hay que hacerles entender que cuando la sociedad se organiza, conciliar intereses es mejor que confrontarlos. El diálogo siempre ha sido un instrumento muy importante que nos ha dado resultado", enfatiza, mientras recuerda a todos los que participaron directa e indirectamente en el proyecto.
Al cierre de la entrevista, el exgobernador hace un reconocimiento extensivo a todos los niveles de gobierno y a los funcionarios que, como Enrique Villicaño (QEPD) o Fausto Vallejo, fueron piezas clave, al igual que al presidente municipal, Salvador Galván Infante y al arzobispo de Morelia, Don Alberto Suárez Inda. Pero su mayor gratitud es para los comerciantes que aceptaron el cambio. "Muchos de ellos están satisfechos y se sienten orgullosos... me encontré a uno de los líderes y me decía: 'licenciado, nos costó trabajo, pero la mayoría quedamos muy contentos'". Es el testimonio de una transición que, aunque difícil, devolvió el "alma" a la ciudad.
Morelia se prepara para celebrar un cuarto de siglo de esta acción que le cambió el rostro a la ciudad. Víctor Manuel Tinoco Rubí se despide no sin antes externar una invitación a cuidar este legado, no solo como un atractivo turístico, sino como el símbolo de la dignidad michoacana. Al final, el rescate del centro no fue solo una obra de ingeniería o un acuerdo político; fue, en sus propias palabras, el acto de "recuperar el señorío de la ciudad" para que las bancas de las plazas volvieran a ser, como en su juventud, el escenario de nuevas historias.
SHA