por Alejandro Moreno*
La historia reciente de México quedará marcada por un engaño monumental: la promesa de transformación hecha por Morena. Este partido que se presentó como defensor de los pobres y justiciero frente a la corrupción terminó por mostrar un rostro oculto que combina violencia, saqueo y un afán desmedido de perpetuarse en el poder.
Morena no gobierna, se impone. No escucha al pueblo, se sirve de él. Se reviste de discursos populistas mientras se roba el dinero público bajo la fachada de programas sociales, utilizados más como instrumentos electorales que como políticas de justicia. Los recursos que deberían aliviar la pobreza son desviados, administrados con opacidad o entregados discrecionalmente a cambio de lealtad política.
Las grandes promesas de Morena se han convertido en agravios. La violencia no disminuyó; se disparó y los morenistas son aliados de los criminales más que sus adversarios. Las desapariciones forzadas continúan siendo la herida más dolorosa del país, agravada por la indiferencia oficial. El desempleo y la precariedad laboral siguen extendiéndose, mientras el atraso se profundiza en sectores como la salud, la educación y la infraestructura.
La corrupción, que se juró exterminar, encontró nuevos cauces bajo el cobijo de este régimen: contratos a modo, obras infladas, favoritismos descarados y una complicidad evidente entre poder político y grupos económicos afines al partido.
Morena no respeta la democracia, la erosiona. Ha buscado debilitar contrapesos, amordazar a las instituciones autónomas y capturar al Poder Judicial para garantizar impunidad. Su obsesión por el control absoluto lo acerca más a un régimen autoritario que a una república democrática.
El fraude político de Morena consiste en disfrazar de revolución lo que en realidad es un retroceso. Se prometió justicia social, pero se entregó sometimiento; se prometió seguridad, pero se sembró miedo; se prometió prosperidad, pero se consolidó la desigualdad.
La violencia y el robo se han vuelto el modus vivendi de un partido que mintió a México. Morena usa a los pobres como escudo, pero los abandona en la realidad; presume combatir a la delincuencia, pero se mezcla con ella; habla de construir futuro, pero saquea el presente.
El país merece una verdadera transformación, no un fraude político. México no puede seguir preso de quienes con cinismo destruyen la democracia para perpetuar sus privilegios.
El desenmascaramiento de Morena es evidente: México no puede resignarse a vivir bajo un régimen que alimenta la pobreza para perpetuar el control, que corrompe la democracia para mantener el poder y que normaliza la violencia para esconder su fracaso. Se ha roto el espejismo y exigimos un nuevo rumbo, porque lo que está en juego no es un sexenio más, sino la dignidad, la libertad y el futuro de toda la nación.
*Presidente Nacional del PRI.
BCT